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Historia Guido

 Una historia extraña en un mundo extraño.

9 de enero del 2019,1:00 pm:

Nos encontramos en el carro de la chica que nos salvo. Se llama Juana, tiene 20 años, es morena y tiene pelo castaño. Como estaba contando, al momento de subir al carro acelero y salimos rápidamente de mi cuadra. Observe a los muertos entrar en mi casa y en ese momento me di cuenta de que sería la última vez que observaría mi casa, la casa que me vio nacer, en la que tengo hermosos recuerdos y espantosos recuerdos, en fin, la casa donde estuve viviendo toda mi vida. La chica nos miro y pregunto:

¿Cómo se llaman?

El es Luis, aquel es Héctor y yo soy Raúl.

Yo soy Juana—dijo ella mirándonos fijamente.

Estuvimos manejando unas horas hasta que nos detuvimos en un supermercado.

Bajen—dijo Juana.

¿Qué hacemos aquí?—le pregunte.

Necesitamos comida, así que entramos, saqueamos toda la comida que quede y nos vamos.

Entramos al mercado y mire que no quedaba nada, todo había sido saqueado días anteriores.

Tal vez quede comida en el almacén—dijo Héctor.

Está bien, tú y yo revisamos si queda comida en el almacén—dijo Raúl.

¿Qué hacemos nosotros?—dijo Juana.

Revisen si queda comida por aquí—dijo Raúl.

Así que Juana y yo empezamos a revisar si quedaba comida.

¿De dónde eres?—le pregunte.

Soy de Caracas—dijo ella.

Estuvimos caminando en silencio por un largo tiempo hasta que ella dijo:

¿Qué diablos hacían ustedes luchando contra los caníbales, pensaban suicidarse acaso?

No, tratábamos de escapar, ¿Por qué nos salvaste si pensabas que nos íbamos a suicidar?—le pregunte.

Los salve porque ustedes tienen armas de fuego y yo no, por eso los salve—dijo Juana.

Vale—le dije.

¿Y hacia donde piensas ir? –pregunte.

Voy hacia la zona segura, pueden acompañarme si quieren—dijo Juana.

¿Dónde está la zona segura?—le pregunte rápidamente.

En Zulia—dijo Juana.

¿Y cómo sabes eso?—pregunte.

Bueno, en la radio siempre…

En ese momento fue interrumpida cuando un zombi salto sobre mí. Trato de morderme el cuello mientras yo lo empujaba lo más lejos posible. En ese momento Juana agarro un bate y golpeo al zombi en la cabeza, destrozándola, me levanto y me dijo:

Tenemos que salir de aquí.

Entonces escuche unos disparos y mire a Raúl corriendo y disparando a los muertos al mismo tiempo.

Estaba viendo a Raúl y no me di cuenta del zombi que tenía enfrente, este se abalanzo sobre mi y esta vez no tenía a Juana para que me salvara; mientras retenía al zombi buscaba algo con que defenderme, agarre un martillo que tenía cerca y golpeé al zombi en la cabeza una y otra vez hasta que murió.

Matar a alguien con tus propias manos es completamente diferente que hacerlo con armas de fuego. Me sentí como algo que nunca quise ser. Me sentí como un asesino.

Me levante rápidamente y salí con los demás del supermercado. Los zombis se nos acercaban, en ese momento uno de ellos salto sobre Juana y trato de morderle una pierna, por suerte Raúl reacciono rápido y disparo con la escopeta a la cara del zombi.

El zombi cayó muerto y nosotros corrimos hacia el auto. Subimos rápidamente y Raúl arranco dejando a los muertos detrás; pero no fue en vano, Héctor había conseguido comida en el almacén, aunque también consiguió a los que trabajaban en la tienda y habían muerto hace ya un largo tiempo.

Salimos del estacionamiento lo más rápido posible tratando de que esas cosas no nos alcanzaran.

Eso estuvo demasiado cerca—dijo Raúl cansado.

Luego de eso detuvimos el carro unos minutos mientras comíamos; estuvimos tratando de hablar con Juana pero ella se mostraba algo silenciosa, cuando Héctor pregunto algo que cambio el ritmo de la conversación:

¿Cómo llegaste aquí desde Caracas?

Hubo un largo e incomodo silencio por parte de Juana, nos miro fijamente durante unos segundos que parecían minutos; luego de eso dijo:

Yo estaba en la Universidad de Caracas cuando todo empezó, era noviembre, las cosas estaban tensas en el país; había altas cantidades de infectados y en Caracas se notaba ese aire de preocupación. Era veinte de noviembre y ese día tenía un examen muy importante, no estaba en casa cuando anunciaron que los infectados iban a volver convertidos en esos monstruos pero apenas llegue a la Universidad  todos mis amigos y amigas estaban nerviosos y empezaron a contarme lo que estaba sucediendo. Como no estaba el profesor nos decidimos con volver a nuestra casa pero cuando estábamos por salir los militares nos retuvieron diciendo que afuera de la Universidad estaban sucediendo cosas horribles y que lo mejor era que nos quedáramos.

¿Y qué paso luego?—pregunto Héctor.

A eso iba—dijo Juana.

Después de que los militares no nos dejaran irnos pasaron muchos días, en esos días comimos los alimentos que estaban en la Universidad, luego llego diciembre y en diciembre fue que empezaron a aparecer por las calles, decenas, no, cientos de ellos, de todas las clases, raza, edades y géneros. Trataron de entrar a la UCV durante muchos días pero los militares lo contuvieron aunque era obvio que no iban a poder contenerlos para siempre. Los militares estuvieron esperando que llegaran refuerzos para llevarnos a nosotros los estudiantes a la zona segura en Zulia pero antes de que llegaran los refuerzos, esas cosas entraron en la universidad. No sé exactamente como llegaron a entrar, solo sé que entraron, y cuando entraron ni siquiera todos los militares pudieron pararlos, todos murieron excepto yo, fui inteligente y me escondí, cuando salí no quedaba ningún sobreviviente; así que me fui por una de las salidas de la Universidad donde los monstruos ya se habían ido—dijo Juana con una expresión triste—bueno, en fin, luego de huir de la Universidad fui a mi casa pero……mi familia ya se había ido cuando yo llegue. Así que vague por toda la ciudad saqueando la comida que encontraba. Una tarde, creo que era quince de diciembre, mientras revisaba un kiosco escuche un sonido, me agache y trate de no hacer ruido, un carro se detuvo y de él bajaron cuatro personas, note que una de ellas llevaba un revolver, me aterre y mientras daba marcha atrás accidentalmente golpee una lata de refresco causando un gran ruido; ellos lo oyeron y apuntaron hacia donde yo estaba con el revólver, así que me  pare nerviosa y los observe. El que tenía el revólver se me acerco y me vio fijamente, luego bajo el arma y me dijo:

Lamento haberte asustado, tenía que asegurarme de que no fueras una de esas cosas. ¿Cómo te llamas?—me pregunto.

Jua…Juana—dije nerviosamente.

Yo soy Manuel—dijo el hombre del revólver. Manuel era de estatura mediana, tenía unos cuarenta y cinco años, el pelo ya mostraba canas y presentaba un aspecto simpático.

Yo soy Roberto—dijo el hombre que le seguía a Manuel. Roberto tenía veintitantos años, era alto, moreno y tenía el pelo castaño.

Yo soy Leo y mi novia es Clara—dijo el último chico. Leo tenía unos veinticinco años, era mediano, pelo rubio, ojos café.

Clara, su novia, era pelinegra, ojos café, mediana y tenía también unos veinticinco años de edad.

Estuve con ese grupo por mucho tiempo, les conté sobre la zona segura en Zulia, así que después de conseguir lo necesario íbamos a ir a la zona segura solo que eso no fue posible.

Mientras buscábamos gasolina no nos dimos cuenta del peligro que corríamos. Estábamos Clara y yo conversando cuando de repente escuchamos un par de tiros, me di cuenta que el disparo provino de donde los chicos entraron así que fui corriendo a ayudarlos, llegue y empecé a golpear a esos malditos caníbales, salimos los cuatro y observamos justo en ese instante como uno de los caníbales se acerco a Clara, ella estaba recogiendo la gasolina así que no lo vio venir—dijo Juana con cierta tristeza—el caníbal la mordió repetidas veces y no pudimos hacer nada para evitarlo. Cuando llegamos Clara ya estaba muerta, entonces Manuel le disparo a quemarropa al caníbal. Y luego nos fuimos de ahí, no sin antes escuchar los lamentos de Leo, el novio de Clara.

Luego de eso pasaron unas dos semanas, era ocho de enero y ya habíamos llegado a Carabobo, mientras los chicos buscaban donde íbamos a dormir, yo vigilaba por si aparecía algún caníbal; entonces apareció Leo detrás de mío y me empujo.

Vas a pagar Juana—dijo él con una voz siniestra.

¿Pagar por qué?—le pregunte.

Porque por culpa tuya murió mi Clara, si tu no la hubieras dejado sola ella no hubiera sido mordida—me dijo molesto.

Tienes que calmarte Leo—le dije aterrada.

No, tú vas a pagar—dijo él.

En ese momento…empezó a desabrocharme la blusa; supe lo que iba a hacer así que empecé a  gritar con todas mis fuerzas. Pero el coloco el cuchillo en mi garganta y me miro fijamente.

Luego llego Manuel y le dijo:

Aléjate de ella.

Leo lo miro y le dijo:

No te metas Manuel.

Manuel empezó a acercarse lentamente a Leo apuntándolo con el revólver cuando Leo se le lanzo encima apuñalándolo en  el pecho; Manuel soltó el revólver y yo corrí a recogerlo pero Leo fue más rápido.

Agarro el revólver y apunto a Manuel. Escuche dos detonaciones, mire a Manuel caer muerto y luego Leo me apunto a mí, en ese momento pensé que iba a morir pero por suerte llego Roberto y dijo:

Leo, detente ahora.

Leo lo apunto y disparo a quemarropa, Roberto cayó al suelo pero con las pocas fuerzas que le quedaban salto encima de Leo y empezaron a forcejear.

Aproveche ese momento y recogí el revólver. Luego Leo consiguió alejar a Roberto y volteo hacia donde yo me encontraba, lo mire a los ojos, levante el arma y le dispare en el pecho. El sonido debió atraer a los caníbales por lo que tuve que esconderme, ellos eran muchos pero finalmente se fueron y yo pude recoger mi carro e irme de allí.

Y luego mientras conducía los encontré a ustedes”.

Estuvimos comiendo en silencio durante el resto de la hora y mientras descansábamos empecé a escribir lo que nos había sucedido.

12 de enero del 2019, 3:24 pm:

 

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