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Capítulo IIEditar

Puños y  dientes

Luis se quedó atónito ante el bullicio desconcertante que llegaba desde el otro lado de la habitación, sin embargo no pudo distinguir nada, pues las palabras de los desconocidos se confundían con los gruñidos emitidos por los  rabiosos miembros de su familia. El anciano permaneció en su cama, sin realizar movimientos bruscos que delataran su presencia, aun cuando uno de los desconocidos intento abrir la puerta de su cuarto, por suerte el seguro estaba puesto y no hubo grandes intentos por forzar la cerradura.

Tarde o temprano el organismo de Luis lo obligaría a salir de su habitación en busca de algún alimento. Él lo sabía, no se puede escapar de las funciones corporales, hasta ese momento orinó en su botella de Gatorade y en un acto desesperado, debido a la necesidad se dispuso a cagar en una de las esquinas de la habitación, salir significaba una muerte segura, por lo que no tuvo opción más que dejar a un lado su dignidad. Enfermo de asco ante el olor de su propio excremento, el viejo permaneció escondido hasta la aparición de las voces y los caóticos sonidos del exterior que se prolongaron por algunos minutos. Cuando por fin cesó el escándalo, Luis se acercó para intentar comprender la situación y al pegar su oreja en la puerta solo pudo oír algunos pasos agitados y murmullos ocasionales. Con inseguridad, el anciano decidió salir de su escondite a sabiendas que podría tratar con gente peligrosa.

Un nuevo golpe hirió el alma de Luis; nunca imagino encontrarse ante un escenario tan monstruoso, lágrimas de dolor e impotencia rodearon su rostro. Los cuatro miembros de su familia yacían en el suelo, con los cráneos aplastados, los sesos esparcidos por todo el suelo y un gigantesco charco de sangre que teñía el piso de mosaico. Entre el sufrimiento y el asco Luis no reaccionó de inmediato,  los sesos mezclados con sangre, los dientes esparcidos por el suelo, eran una escena imposible de olvidar. La familia se había perdido en una tormenta de sangre y rabia.

Al levantar la vista, Luis vio que una mujer de alrededor de veinticinco años lo miraba atentamente. El hombre enloquecido corrió hacia ella gritando palabras ininteligibles dispuesto a ahorcar a la maldita zorra que probablemente asesinó a su familia. La mujer emitió un gritó, asustada, las manos del anciano rodeaban con fuerza su frágil cuello. Un muchacho corrió desde la cocina, blandía una pala con la que golpeó la espalda del anciano, con tanta fuerza que lo dejó tendido en el suelo mientras aullaba de dolor.

La joven se recuperó del ataque, cuando por fin se pudo incorporar escupió en el rostro del anciano y le asestó una patada en el estómago. Luis recibió un par de golpes más por parte del muchacho y aun así intentó levantarse solo para recibir un golpe en la cara con la pala que recogieron de su jardín.  Luis cayó nuevamente y esta vez su nariz de sangraba de manera abundante, todo su cuerpo ardía, no podía respirar, ni siquiera fue capaz de sentir la patada que le asestaron en la espalda. Las cosas hubieran continuado por el mismo rumbo si no fuera por la llegada de un tercer invasor con el brazo manchado de sangre y una mirada de angustia que hizo que los otros dos muchachos se olvidaran de Luis.

-Duele, necesito ir al doctor, no es normal que me salga tanta sangre.

Por primera vez, el hombre de la pala mostró inseguridad, le preocupaba su amigo, cuya herida podría infectarse. No quería que las cosas llegaran tan lejos, entro a la casa con el fin de robar un poco de dinero, aprovechando el caos y los disturbios que distraían a las autoridades, así podría comprar alimentos y hospedarse en un sitio seguro, lejos de los sangrientos ataques que se llevaban a cabo en la ciudad. Pensaba conseguir refugio en algún estado de la república, tal vez Michoacán.  Entró a la casa junto a su joven esposa, temía dejarla sola ante la amenaza de los caníbales. Armado con una navaja y con la ayuda de su compañero y amigo Bernardo, decidió entrar a una casa para buscar dinero y objetos de valor. El hogar de Luis era hermoso, su jardín y su fachada mostraban una estabilidad económica que le causaba envidia.

Samuel finalmente forzó la puerta y entró a la sala acompañado de Bernardo. Vieron a un niño cubierto de sangre que se acercaba cojeando. El imprudente amigo se mostró preocupado por las heridas del pequeño,  aunque no fue tan tonto para acercarse.  Atraídos por el ruido, otras tres figuras se acercaron a los invasores, su mirada perdida, sus ojos vacuos y sus gruñidos constantes alertaron a Bernardo, que los amenazo con un cuchillo de cocina que trajo desde su casa. Inesperadamente el hombre adulto mordió al joven,  a pesar de que con un rápido movimiento logró clavar su arma en el estómago de la criatura, que ni siquiera reacciono ante tal herida.

Samuel tomó una pala que se encontraba en el jardín y rápidamente golpeo al hombre que intentaba matar a su amigo. Aquel sujeto de aspecto cadavérico no se inmutó ante tal golpe, los otros se acercaban y todo lo demás pasó tan rápido que Samuel no recordó exactamente lo sucedido, a pesar de que días después,  reflexionó sobre la extraña familia de cadáveres. Solo sabe que se vio obligado a destrozar los cráneos de aquellos sujetos, experiencia extraña y traumática, el sonido de una pala que aplasta la cabeza de un niño es algo difícil de olvidar.

Cuando su esposa  entró a la casa, quedo atónita con el escenario, pero Samuel no le hizo caso, se preocupaba por su amigo y se movió en busca de vendajes y alcohol mientras Bernardo se limpiaba las heridas con el agua de la cocina.  Sin previo aviso escuchó los gritos de su mujer, por lo que corrió rápidamente hasta la sale de estar solo para ver a un anciano loco, pero con movimientos más coordinados que los otros sujetos. Sin embargo el maldito intentaba dañar a Mariana, mientras balbuceaba extrañas palabras y derramaba incesantes lágrimas.

Después de la partida de madre que le metieron a Luis, Samuel no pudo evitar sentir compasión al mirarlo en el suelo, retorciéndose de dolor. Pensó que quizá el hombre se encontraba en un estado de shock, pues lloraba y murmuraba una serie de nombres que a él le parecían desconocidos. El rostro se encontraba hinchado hasta lo hiperbólico, lleno de sangre que se mezclaba con la de sus parientes. Solo hasta entonces, Samuel considero la posibilidad de que los cadáveres que se pudrían en el suelo eran lo que quedaba de la familia del dueño de la casa.

Vámonos- dijo Samuel antes de lanzar una última mirada a Luis, y finalmente salió de la casa junto a su esposa y su amigo.

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