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Capítulo 6: ¿Será Posible?Editar

    Muerte por todas partes, eso es lo que veía, así era el nuevo mundo, aunque siendo honesto, no era tan diferente al anterior, siempre debías estar vigilando tus espaldas, desconfiar de todo el mundo, asegurar el lugar donde vivías para que no te agarraran, en mi opinión muchos cambios no hubo, el mundo fue y siempre será peligroso, nunca hubo un  momento en que estuviésemos a salvo,  y jamás lo habrá, sé que es dificil admitirlo, pero la vida no es color de rosa, y todo el que piense así, que se revise la vista, que seguro algo le anda mal.


    Logré instalarme en la quinta, pero aún vacía, se sentía la presencia de Juan y su familia en aquél lugar ¿sería la culpa? ¿o me estaba volviendo como él? Puede que fuese como él, pero nunca igual a él. No nos parecíamos en nada, y si escuchaba a alguien decir eso, no tendría misericordia de esa persona. Sentado en un sillón, me puse a descansar, escuchando el silencio, sintiendo la soledad nuevamente, aunque no estaba triste, porque no sé si lo he dicho antes, peor me gusta un poco aislarme, es algo natural, me hace sentir calmado, y mejora mis habilidades, me hace estar atento, y prepararme para todo lo que viniese, y necesitaría estarlo, para todo lo que viniese más adelante.


    Las horas pasaron, todo el santo día pensamientos estúpidos sobre la vida, recuerdos dolorosos, charlas con el chabón inexistente, y alguna que otra matanza, los muertos no morían, pero yo sí, y muy adentro, marchitándome como una flor que cortan, y que no riegan ni ponen al sol, cuyo color se va oscureciendo, hasta estar enteramente negra, como el alma de alguien que conocería más adelante, pero esa es otra historia, y no quiero adelantarme mucho.


    La noche cayó nuevamente, como un “morfón” al que le acaban de disparar, terminando con su eterno sufrimiento, o con su salvación, que le ahorraba las vivencias del mundo real. No estaba adentro, sinó afuera, observando las estrellas,  agradezcan que la electricidad dejó de funcionar, y se podían ver más claras y brillantes, las ideas no tanto, pero con solo mirar al cielo, uno se preguntaba, si la vida continuaba en otros lugares, eso me intrigaba, y pronto viviría una experiencia, que cualquier loco de la ciencia ficción hubiese deseado pasar.


    Mi atención se distrajo por un grito, el de alguien pidiendo ayuda, no era claro, por lo que debía estar en las lejanías. Por todos lados busqué, aunque la oscuridad tampoco ayudaba mucho que digamos. Finalmente la ví, era una muchacha, como de unos 20 años, corriendo hacia mí, con el brazo ensangrentado. Preparé a “mis chicas”, pues podía tratarse de alguien que fue mordida, o peor aún, que eso fuera un emboscada, en todo caso, debía estar listo, sino, sería hombre muerto.


     Se me acercó, la vi llorar, ni siquiera podía articular muy bien las palabras, y no paraba de respirar de forma acelerada. No podía soportarlo, asi que la tranquilicé y a hice entrar, iba a ayudarla, no sería un boluda dejándola ahí, con un brazo sangrando. Le pedí que se sentara, y volando fuí al baño, buscando algodón, gasas, y alcohol. Al volver, le revisé la herida, por suerte no era de una mordida, sino de bala, aunque eso era malo, pues podía significar que había alguien más afuera, y la estaba siguiendo, y mucho más terrible aún,  si la perseguían, entonces lo trajo hasta la quinta, y si ella caía, yo también.


     Lo primero que hice fue sacarle la bala, usando un cuchillo. Gritaba como loca ¿que esperaba? No era un cirujano, y no tenía un equipo especial de esos, tipo Doctor House; le curé la herida, y con una aguja de coser, le hice unos puntos, lo mejor que pude. Al ponerle un vendaje, le pregunté qué había sucedido, y empezó a contar – quiere...quiere matarme...me está cazando, y no se rendirá -, estaba intrigado, y un poco asustado, y al preguntarle quién, su respuesta se vió anticipado por un disparo fuerte. Al ver por la ventana, pude notar a un hombre, con cara medio de loco, y ordenándonos que saliéramos ¿qué debía hacer?


     Estábamos en graves problemas, alguien nos ordenaba salir, y además tenía una M16 cargada, la verdad que no se podía discutir con él, – ¡lo voy a decir una vez más! ¡salí de ahí! ¡no te voy a lastimar, solo te quiero matar, mierda del espacio! –, me había quedado claro, quería a la muchacha, lo que no entendí, fue lo de “mierda del espacio”, seguramente estaba re chapita, y solo la quería matar. Le pedí a la mujer que se quedara escondida y callada. Me dirigí hacia la puerta, preparando mis armas, y le pregunté qué quería, dijo que a la chica, eso quedó claro, pero al preguntarle porqué, fue su respuesta aquello que me desconcertó – ¡porqué ella no es de acá! ¡ni de la Tierra! ¡los suyos causaron todo esto! ¡si no los detenemos, nos matarán a todos! ¡entregala ya mismo! –, y acto seguido,  disparó a matar, sin poder darnos, solo para advertirnos, parece que esto no se iba a resolver con una charla.


     Vidrios rotos y balas volaban por los aires, por suerte me agaché, y apenas lo hice fue hasta la recién llegada,  escuchame, rajá de acá lo más pronto posible, este es un loco que te cree extraterrestre – le dije en voz baja, – no, no entendés, soy de otro planeta, él me estuvo dando caza, y necesito que me protejas hasta llegar al cerro Uritorco – dijo ella. No podía creer lo que escuchaba ¿acaso todo el mundo se había vuelto loco? ¿todo solo por el fin del mundo y la sociedad misma? Tampoco era pa' tanto, por favor.


      Me negué a acompañarla a un lugar, donde antes se reunían fanáticos de ovnis, a especular sobre vida en otros planetas, y hacer quién sabe qué otra mierda. Continuó suplicando, pero estas peticiones fueron calladas, cuando su perseguidor amenazó con entrar, si no la entregaba. Empezó a contar, a medida que pasaban unos segundos, iba al número siguiente, justo, en el nueve, decidí de qué bando estar, del de ella. Agarré la escopeta, y escondiéndola atrás mio, para disimular, le dije que había tomado una decisión. Le dije apuntándole – esto debe decir de qué lado estoy –, y decidido, le disparé en el pecho, haciéndolo caer hacia atrás, dejando su cuerpo en el suelo, que fácil fue aquello, o eso pensaba.


     De su escondite salió la fugitiva, se emocionó cuando lo maté, se puso eufórica, y no paró de abrazarme. Luego de unos segundos, la invité a pasar, sé que es malo confiar en alguien tan rápido, pero ella parecía más una persa que un cazador, no rompan con esto, es solo una metáfora, mal pensados. Se sentó, y dijo – muchas gracias, enserio, sos el primer humano en ayudarme –, no supe qué quiso decir con eso, seguramente se refería a que era la primera persona que encontraba que no quisiera matarla, o lastimarla, o que no estuviera loco.


     No tenía ni idea de lo que sucedía, aunque todo se aclaró en cuanto empezó a contar “su historia”, lo digo entre comillas, porque aún hoy en día no sé si es verdad lo que contó. Según dijo, proviene de un planeta similar a La Tierra, es más, casi todo en su hogar es casi igual a cómo era nuestro mundo antes, solo que están más avanzados. Voy a ir a lo principal porque sino sería muy aburrido, según contó, desde hace muchos años han observado nuestra raza, y al ver que surgió esta plaga de muertos que vuelven a la vida, decidieron enviar a una experta a investigar, es decir, a ella misma. Finalmente, dijo su misión se vio interrumpida por un cazador de extraterrestres, que además los culpa diciendo que ellos trajeron la plaga, y destruyeron la vida en la Tierra. Agregó que estuvo escapando de aquel tipo, y logró dispararle, y luego nos conocimos.


     Solo la parte de cuando nos conocimos me pareció verdad, el resto, debió haber leído novelas de Oesterheld, o alguna que otra boludez de encuentros cercanos del tercer tipo, abducciones extraterrestres, y todo eso. Pero como lo último que necesitaba era más enemigos, hice de cuenta que le creía, y accedí a ayudarla, de paso, podría ver que fue de las otras provincias cuando el mundo se terminó, quizás encontrar una zona segura donde hubiese humanos, o simplemente más “morfones”, o cosas peores que ellos.


     Ya lo había leído antes,  cuando la sociedad cae, y las leyes también, nunca se sabe hasta donde pueden llegar las ambiciones de los humanos, ni qué tanto pierden la cordura al ver su sociedad destruido, o cuan lejos pueden llegar con tal de sobrevivir, al final cada uno está por su lado, todos contra todos, es la ley de la selva. Ya había vivido experiencias como ésas, primero fue con Brenda,  después con Fabián, poco antes con Juan, y en ese entonces con lo de los extraterrestres.


    También dijo, que debía volver al Cerro Uritorco, donde estaba su nave, me negué, pues ir hasta ese lugar por una fantasía sería absurdo. No dejó de suplicar, y para que se callara, tuve que acceder, agregando que partiríamos a la mañana, porque quería dormir un poco. Le mostré el cuarto dónde quedarse, el cuarto de huéspedes, donde la noche anterior me había quedado yo; ahora que Juan no estaba, podía usar su cama, aunque quien sabe qué sorpresa hubiese dejado ahí con su mujer. Me acosté, y me puse a pensar en Juan, cuando lo vi ahí con su familia, marchando junto a todos los que perdieron a sus seres amados ¿eran una alucinación? ¿acaso serían fantasmas? Ante todo eso, lo único que me preguntaba, y que me provocaba más intriga era ¿qué debo creer? Pues no solo se aplicaba a ese caso, sino a lo de la extraterrestre.


     Por las dudas, mantuve a “mis chicas” a mi lado en todo momento, sin soltarlas, pues innumerables veces me salvaron la vida, y temiendo que se tratase de un engaño, como sucedió con Brenda, no iba a dejar que mis armas me abandonasen, o mi vida peligraría. Horas pasaron, y no pude cerrar los párpados; no crean que estaba paranoico, solo que ya no podía confiar en nadie, y uno tampoco puede distraerse, a la primera termina muerto.


   El nuevo mundo estaba plagado de muerte,una nueva forma de dejar esta vida estaba escondida en cada recoveco que uno encontrase, y podía venir de diferentes formas que uno nunca hubiese imaginado, ni en sus peores pesadillas. Literalmente estaba en el infierno, inclusive podía ver algunas llamas surgiendo al lado de mi cama, pero luego me di cuenta de lo boludo que fui, eran de verdad, la casa se estaba incendiando, el “cómo” o el “porqué” eran lo de menos, lo que importaba era el “quién”, al cuestionarse sobre el el fuego que de cada hendidura brotaba.


     Caminé entre el fuego así lo más tranqui, como si no me importase morir, y al llegar a la puerta lo vi en la distancia, era el cazador de marcianos, y estaba más vivo que nunca. El loco sonrió maquiavélicamente, contemplando el lugar quemándose, consumiéndose poco a poco por las llamaradas, las cuales parecían provenir del mismo infierno, como si ya estuviese ahí, y aquél fuese el Diablo, pero ni yo sabría que conocería al verdadero más adelante.


    Intercambiamos miradas, aunque fuese desde lejos, pero si algo notábamos, es que estaban vacías, como nuestras almas, o la de los “morfones”. La quinta se derrumbaba, y en una de las habitaciones estaba la mina, la no-humana, sofocándose por los humos tóxicos, podía elegir entre ser un humano y ayudarla, o ser un “morfón” y dejarla morir, hice lo correcto, y la ayudé a escapar. Antes de salir, le expliqué lo que haríamos, ir hasta el caballo, que previamente era de Juan, e irnos, pero sin que ese loco incendiario nos pegara un tiro en la cabeza.


     Salimos rajando de ahí, corriendo lo más rápido que nos dieran nuestras piernas, imaginando que nos perseguían uno muertos. Y claro, no evitamos llamar la atención del cazador, el cual sacó un M16, y disparó a matar al estilo de Caracortada; cuanta obsesión, eso pensaba, pero lo que quise decir fue “cuanta locura”. Paso a paso, nuestros corazones se aceleraban a un ritmo cada vez más y más acelerado, como si fuesen a salirse de nuestros cuerpos. En la desesperación, recé a Dios todo poderoso, rogando que hiciera algo para detener a ese hombre, o que al menos no diera tiempo para escapar. Como un regalo de Dios, o de la muerte debería decir, llegaron “morfones”, uno por uno, acorralando a ese psicópata, quien no dejaba de disparar, para intentar salvarse, hasta quedar sin salida; dándolo por muerto, seguimos nuestro camino, pero otra vez fui un boludo, y no me fijé bien, de haberlo hecho, quizás no hubiésemos vivido lo que sucedió más adelante.


     Por unos minutos, casi nos caemos rendidos, y al comprobar que estábamos seguros, o eso creíamos, nos acostamos en el pasto a descansar, observando las estrellas; de pronto la mina me señaló las tres Marías , y dijo – pasando Orión, la segunda estrella a la derecha, ahí está mi hogar –, ¿me quería ver la cara de tarado? Tal vez. Y no paró de hablar de su mundo, si no paraba con eso, yo mismo la iba a mandar al espacio, pero de la trompada que le daría.


     Bastante dormido, y sin miedo a despertar muerto, cerré los ojos, esperando abrirlos, y ver mis intestinos afuera, con un muerto devorándolos. No pude dormir ni por dos segundos, pues una luz me iluminaba el rostro, creí que era alguien apuntándome la cara con una linterna, pero al abrir los párpados, todo a mi alrededor estaba iluminado, y en medio del resplandor solo podía ver una silueta, parecía humana, ¿pero cómo estar seguros? Pues solo había una forma, y era apuntándole con el Parang y el Gator Machete Pro; al realizar esta acción, no recibí respuesta alguna, aunque por otro lado, vi que extendía un brazo, y ahí la vi, esa mano de color gris, donde solo había tres largos dedos grises, ¿encuentros cercanos? ¿una pesadilla? ¿la muerte?


     Un sueño nada más, del cual desperté transpirado; por un momento creí que era verdad lo que la mina decía, eso del Uritorco y de que venía de otro planeta. No, puras pavadas de uno de los tantos que perdió la cordura en el fin del mundo. Ella dormía, y no paré de observarla fijamente, como intrigado, o asustado debería decir; en silencio, saqué el Parang, y se lo puse cerca de la garganta, dispuesto a cortársela, y derramar la sangre sobre la tierra, solo para atraer a los “morfones” que estuvieran cerca.


     De pronto, mi asesinato se vio interrumpido por el pibe imaginario, otra vez, el muy metido, volvió para darme otro sermón – ni pienses en matarla...vos no sos un asesino, un cagón tal vez, pero no un homicida...pensalo bien, pensá quién es el malo, y quién es el bueno, todo esto solo es un juego del gato y el ratón...del cazador y la presa – , y como un fantasma, se desvaneció en el aire. En gran parte tenía razón, debía ver a quién debía cortarle la cabeza; al reflexionar, tomé una decisión., la llevaría hasta su destino, y si era posible, mataría a su agresor.


     Mi atención se desvió por un momento al ver unas luces a lo lejos, no, no se trataba de un ovni, eran la luces de un vehículo, de varios para ser exacto. Temiendo que se tratara del psicópata acompañado por “amigos”, me acosté rápidamente en el suelo, guardando silencio. La mujer se despertó, e instantáneamente le tapé la boca, por miedo a que nos escucharan. A la distancia, me pude dar cuenta de algo, no se trataba del loco, eran vehículos militares, y adentro llevaban personas, debían tratarse de refugiados de la epidemia; escoltados por militares, viajaban los posibles únicos sobrevivientes  del Armagedon, hacia una posible zona segura, donde los humanos estuvieran a salvo de los muertos vivientes, pero tal vez no de ellos mismos.


     Nada hice para llamar su atención, solo los dejé seguir, haciendo como si yo no existiera, como si no estuviera allí ¿el motivo? Principalmente porque no confiaba en ellos, ya me había quedado claro que no podía confiar en nada ni en nadie; pero había otra razón, y se trataba de que había cambiado tanto, que ya no podía volver a encajar en la sociedad,  no volvería a ser el mismo, y de una forma u otra, todas esas personas que estaban siendo transportadas, hombres, mujeres, niños,  todos ellos moriría de cualquier modo, y nada podía hacer para evitarlo.


     Pasó el último coche, y liberé a la chica de su silencio, que yo había causado. Me miró indignada, y traté de explicarle pero de nada sirvió, pues no me dejaba hablar, y pidió que solo la llevara al Cerro Uritorco. Tenía motivos para odiarme, había desperdiciado nuestra oportunidad de estar a salvo, de llegar más fácilmente a su destino, pero aunque le explicase aquello por lo que no dejé que nos descubrieran, no me hubiera hecho caso, a lo sumo habría dicho pelotudeces sobre que no entendía a los humanos, y cosas así.


     Mantuvo su distancia al caminar conmigo, no me parece que haga falta explicar porqué, hasta un salame lo entendería. Cualquiera hubiera querido esforzarse para arreglar las cosas, diciendo boludeces como “perdoname, era necesario”, o hubiese suplicado de rodillas, pero yo no, aún me quedaba dignidad, y no la iba a tirarla a la basura con alguien que ni era de este planeta. Se me acercó, y frunciendo el seño dijo – escuchame humano, a mi no me importa un carajo el porqué no dejaste que nos vieran esas personas, solo ayudame a ir al cerro y listo –, más clara no pudo haber sido, pero una mierda me importó, lo único relevante fue lo sucedido después, y que le haría ver porqué no confiaba en la gente.


     Atrás suyo había un fantasma, el cazador de marcianos, apuntándole en la nuca con la misma M16 de antes, – che, monstruo del espacio...levantá las manos y ponete de rodillas – dijo a la mina, la cual temblando y mostrando miedo cumplió la orden. El final del viaje había llegado para ella, y para mi también, – ¡¿pero acaso vos sos Terminator o qué?! – le dije al hombre, y este comenzó a contar la historia de porqué hacía eso, y la razón por la cual aguantar tanto dolor y ataque de “morfón”.


     Por fin lo sabíamos, según dijo, él presenció fin del mundo, y comentó que todo fue culpa de los extraterrestres, que ellos trajeron la plaga a nuestro, y terminaron con la vida tal y como la conocíamos. Re flashero el guacho ese, parece que se hubiera pasado la vida entera viendo los Expedientes X, o alguna de las obras de Héctor Germán Oestergeld. Me miró y dijo – y vos chabón...como sos su cómplice, tu destino no será distinto al de ella...tirá las armas y ponete de rodillas a su lado –, demasiado débil y agotado estaba para luchar, solo podía hacer lo que me decía.


     El final de mi viaje había llegado, nada podía hacer para evitarlo, solo esperar a que me dieran el tiro de gracia y estuviera en el cielo, donde estaban todos aquellos que alguna vez amé y perdí. Mirando arriba, dije en voz baja – escuchame Dios...ya sé que me has hecho sufrir, pero ahora solo quiero que nos salves de este loco...sé que si me mantuviste vivo fue por algo, y no para que muriera ahora de esta manera...por favor –, ¿pero de qué servía rezar? Si ni tenía ganas de seguir viviendo, solo quería que todo terminara de una vez.


     Al cerrar los ojos, solo podía esperar lo inevitable. Fue ahi cuando llegó la esperanza en el horizonte, nuevamente en forma de muerto viviente. Eran como diez “morfones”, y todos venían hacia nosotros, no, no es que nos salvaran, por el amor de Dios. Ellos eran una perfecta distracción, si el psicópata quería protegerse debía dispararles, y así gastar balas, pero eso era lo de menos; mientras él acribillaba a las criaturas, tuve mi única oportunidad para escapar, y en un movimiento rápido agarré mis machetes, y se los pasé por la garganta, deslizándolos suavemente, y observando cómo la sangre corría por las cuchillas lentamente, mientras el hombre perdía el pulso y caía muerto en el suelo.


     Al fin, todo había terminado, aunque para mí recién comenzaba, pues acaba de matar a mi primera víctima directamente. Mirando el cuerpo muerto, y la sangre que se filtraba en la tierra, solté mis armas,  y estas cayeron justo a mis pies. La mina me sonrió y me abrazó, alegando – muchas gracias...mi misión ha concluido, ahora puedo volver sola al Uritorco sin miedo, ya no hace falta que me escoltes –, y respetuosamente me estrechó la mano, alejándose en el horizonte hacia Córdoba, con un largo camino por delante, creyéndose algo que no era.


     Ya nada quedaba por hacer ¿pero a donde ir? Fue entonces cuando recordé los vehículos militares que había pasado por la ruta la noche anterior, con los refugiados dentro, tal vez se dirigían hacia una zona segura, o simplemente fuese una trampa. Esa mina me hizo darme cuenta de algo, que puede ser que nunca me vuelva adaptar a la sociedad, pero ésta nunca volverá a adaptarse a este mundo.


    Campos recorrí hasta encontrarme con la ruta, y pude notar las huellas de uno de los Jeep que había visto, solo debía seguir el camino para llegar a Ciudad Esmeralda, es decir, a la zona segura. Las horas pasaron, y el sol se ocultó en el horizonte; ni loco iba a caminar de noche otra vez, estaba demasiado agotado y débil para luchar contra los muertos que me atacase. A un costado del camino, había un auto abandonado, almenos tenía refugio donde pasar la noche.


     El cielo nuevamente estaba cubierto de estrellas, las cuales estaban acompañadas por una luna casi llena, en pocos días estaría entera, y eso tendría que ver con otro hecho futuro. Losojos se me estaban por cerrar, y quise dar un último vistazo a la constelación de las Tres Marías, y recordando lo que dijo la chica “pasando Orión, la segunda estrella a la derecha”, ahi estaba su hogar, y antes de quedarme dormido, por mi mente pasó una pregunta que podía o no tener respuesta, “¿Será posible?”.

TítuloEditar

  • El título hace referencia al pensamiento que tiene Nahuel al terminar el capítulo, y al reflexionar sobre todo lo sucedido.
  • También, al estar el capítulo dedicado a Héctor Germán Oesterheld, es un guiño al final de El Eternauta, donde al terminar la historia un personaje también se hace la misma pregunta sin respuesta.

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