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Capítulo 4: Uno tiene que sobrevivirEditar

     Vagaba por los campos de cultivos abandonados, donde antes se cosechaban vegetales y verduras, cada tanto había huelgas, no me acuerdo porqué, tal vez porque no les pagaban lo suficiente a los trabajadores, o no respetaban sus derechos, pero de algo estaba seguro, no me tendría que volver a preocupar de asuntos como esos, porque ya no había empleado alguno por aquellos lares, lo que provocaba dudas era el preguntarse si eso era bueno o malo.

     Las horas pasaban, y se hacían interminables, mientras el sol empezaba a bajar, y los pies me empezaban a doler, de tanto caminar, así que me desplomé sobre el pasto. Que boludo fui, me había sentado encima de un hormiguero, me dí cuenta al sentir algo subiendo por mi brazo; apenas vi las miles de hormigas, me levanté  súbitamente del suelo, y me sacudí por todos lados con las manos, con tal de sacarme a esos bichos, y si me picaban, ya fue.


     Todavía no aprendía una de las reglas más importantes de todas, “estar atento todo el tiempo y a los alrededores”, a eso hay que prestar mucha atención, debido a que el peligro está en cada rincón, y el haber apoyado mi culo sobre la colonia de hormigas fue una advertencia, bueno, la primera en la que aprendía la lección, ya que tuve varios avisos en toda mi vida, a los que no hice caso, y había pagado caro por eso.

     Entre las hierbas vi algo moverse, era demasiado chico para ser un “morfón”, hasta que reveló ser un Quirquincho, para los perejiles que no saben qué es, es un animal chiquito, como una rata grande con caparazón, y unas garras en las patas, además de tener  cara alargada. Nunca había visto uno vivo, ya que no hay muchos en la ciudad que digamos, y al verlo, lo único que hice fue relamerme, y preparar los machetes, tenía la cena servida.

     Era de esperarse que el animalito corriera, tenía patas cortas, pero que no los engañe, era rápido, traté de perseguirlo, mientras lo llamaba para que se detuviera, e hizo caso omiso a mis súplicas. Lo seguí hasta un agujero, similar a una madriguera, y el guacho se metió por ahí para que no lo alcanzara; pude irme, pero no lo hice, podía ser mi última oportunidad de conseguir algo para comer, de modo que metí el brazo por el agujero intentando agarrarlo, y el bicho me mordió. Uno no se rinde así nomás, luego de varios intento, logré agarrarlo de la cola, y tirarlo hacia afuera, aunque fue difícil debido a que se agarraba de las paredes del agujero con sus garras.

     Finalmente lo había logrado, pero el Quirquincho seguía oponiendo resistencia, y continuaba chillando , pidiendo ayuda que nunca llegaría, por lo tanto, a mi me correspondía terminar con su sufrimiento, lo apoyé en el piso, boca arriba, apoyando mi mano en su estómago para que no se escapara, y le corté la cabeza con el Parang. Los chillidos cesaron, el cuerpo quedó inmóvil, y salió un montón de sangre del cuello, la cual me salpicó en la cara, ya lo había matado, el asunto entonces era cocinarlo.


     Luego de matar a la mulita, lo primero que hice fue hacer un fuego, luego, recordé lo que había investigado, sobre cómo prepararlo, resulta que sus consumidores primero deshuesaban al animal, y dentro del caparazón preparaban la carne para comerla frita, asada, o guisada; seguí las instrucciones al pie de la letra, y un rato después ya tenía al chiquitín en mi panza, o lo que quedó de él.


     Descansé mirando al cielo, intentando digerir al mamífero que hacía rato había asesinado y cocinado, y del cual solo dejé la cola, el caparazón, la cabeza, y los huesos. Y como no, apareció el pibe imaginario otra vez, diciéndome – ¿vos sos boludo o te hacés? – , no le hice caso, y continuó hablando – te vas a enfermar por comer eso ¿no sabés que aquellos que comían Quirquincho les daba lepra? –, – ¿y a mi que me importa? Si ya no tengo nada porqué vivir, todos los que quería murieron, y la única persona que creí confiable, luego de que el mundo se fue a la mierda, resultó ser una chorra hija de puta – dije neutral, y lo decía posta, no tenía familia, ni amigos, ni casa, y mucho menos víveres, – ¿y porqué no agarrás uno de esos machetes, y te matás? – preguntó  él, y mi respuesta fue – che, pará, tampoco la exageración, que no soy un cobarde, yo quiero morir peleando, carajo –, y claro, solo los cobardes se suicidan, los héroes mueren combatiendo, siendo valientes.

     El sol bajaba, calculo que eran como las cinco o seis de la tarde, a esas horas, antes de que la vida terminara, me reunía con mi viejo a tomar un mate, y ver la tele o escuchar la radio suya, ya no podría volver a hacer nada de eso, en lugar de eso, estaba recostado, mirando al cielo, donde vi un par de Caranchos volando en lo alto, en todo momento cerca de mi, estos animales se alimentaban de carroña, eran como los buitres argentinos, y puede que pensaran que estaba muerto, porque parecía que bajaban hasta mi. Llegaron al suelo, y se me acercaron, con mucha energía me puse de pié, y los espanté, y esos bichos se fueron pero volando, en ambos sentidos, - ¡dale, váyanse! ¡y si vuelven les pego una patada que los mando para la loma del orto!  - grité a los pájaros mientras les tiraba los huesitos del Quirquincho.

      Que bueno que no había defensores de animales cerca, porque sino se iba a armar un papelón tremendo. Me quedaban pocas horas de luz, no podía viajar en la noche, pues no podría ver nada, y sería presa fácil.  No había refugio alguno a la vista, no podría dormir, y pernoctar bajo las estrellas no era una opción, ninguno quiere que lo maten dormido e indefenso, tan expuesto; finalmente tuve que correr un riesgo e ir de noche, avivé el fuego , y me quedé ahí en silencio, iba a seguir mañana.

     Finalmente oscureció, sin las luces de las ciudades las estrellas eran más brillantes, y la luna en cuarto creciente se posaba en el cielo, mientras yo estaba observando un puto fogón como si fuera televisión, y con las armas preparadas, en caso de que alguien quisiera hacerme una visita.

     El silencio reinó por un rato, hasta que escuché unos leves gruñidos, y apenas iluminados por el fuego, se veían claramente las siluetas de dos “morfones”, no hace falta preguntar porqué estaban ahí, así que sin pensarlo, saqué mis machetes y los maté al mismo tiempo, clavando a mis amiguitas justo en medio de sus cabezas, terminando con su sufrimiento eterno, y pensando “dos menos”.

     Luego de aquella experiencia, me di cuenta que no podía quedarme en aquel lugar mucho tiempo, estaba llamando mucho la atención, por lo tanto hice lo que debía, prendí una antorcha con el fuego, y empecé a caminar, apenas sabiendo dónde iba iluminándome en la oscuridad, con miedo, y debía tenerlo, ahí aprendería porqué no se tenía que salir de noche.

     En una mano tenía una antorcha, y en la otra el Parang, en todo momento tuve la sensación de que me seguían, con cada paso mi temor aumentaba, cada segundo parecía una eternidad, ansiaba que el sol saliera por el Este. Los únicos sonidos que se escuchaban, eran los de mis pies haciendo crujir la hierva, sumado a los constantes aullidos del viento soplando con fuerza, preocupándome de que se apagara la llama, pero no, solo la avivó haciendo que volaran chispas, las cuales evitaba constantemente.

     Mi respiración aumentó, el corazón se me salía del pecho, a cada minuto giraba la cabeza para todos lados, tragando saliva de lo nervioso que estaba; las bestias se mostraron, eran como cinco de ellos, con sus tripas colgando y su piel salida, gimiendo de forma agonizante, tomé valentía, e hice que mantuvieran distancia amenazándolos con el fuego, querían rodearme, pero no pensaba morir sin dar pelea.  Cada tanto uno que otro me intentaba agarrar, y lo alejaba con las llamas; aproveché y maté uno, volviendo rápidamente donde estaba, alejándolos, aunque continuaran con sus intentos de atraparme. Así era, quedaban cuatro, me quedé atento, a uno que se me acercó, le pegué una patada en el estómago tirándolo al suelo, dándome tiempo para hacerme cargo de los demás.


     Tenía un poco de sueño, pero no era momento para dormir, sino para matar, me encontraba rodeado de tres “morfones”, con uno tratando de levantarse del suelo; el más deteriorado de todos me sorprendió por atrás, e intentó morderme el hombro, pero rápidamente le clavé el Parang en la frente, matándolo, los otros dos parecían mirarse mientras se gruñía levemente ¿estaban planificando? Aproveché para matar al más desnutrido de los dos, y después al que tenía a su lado, respiré profundamente del cansancio que tenía, y grande fue mi sorpresa al ver al último de todos tirado al piso e intentando morderme la pierna, simplemente le pisé la cabeza hasta matarlo, y todo terminó.

     Había escuchado del miedo a la oscuridad, pero eso ya era una exageración; tenía el corazón en la boca, y la cara llena de sangre, la de personas inocentes, que al ser mordidos, se convirtieron en seres sin alma,  cuyo apetito no podía saciarse. A uno le daba pena matar a esas cosas, sabiendo que antes fueron personas, a lo mejor tenían hijos o familia, pero eso solo le hace más difícil el trabajo a uno, lo vuelve débil, en un mundo plagado de muerte.

     El resto de la noche me la pasé caminando, no pude parar, pues temía darles ventaja a los “morfones” para atacarme, lo único que deseé, fue que saliera el sol, para poder ver mejor, y terminar con la pesadilla nocturna, solo para enfrentarla de día. Finalmente sucedió, desde el horizonte, la Tierra se alumbró, no debía temer más a la noche, pues un nuevo día comenzaba, y yo seguía caminando sin rumbo alguno, sin haber descansado ni un poquito, pero no podía, el peligro andaba a mis espaldas, aunque luego descubriría que estaba más adelante.

     La soledad, el agotamiento, la sed incesante, la falta de sueño, y el calor, se adueñaban de aquello que me quedaba y me hacía humano, volviéndome solamente eso que odiaba y mataba sin piedad, un “morfón”, aquellos que caminaban sin detenerse hacia ningún lado buscando comida, la única diferencia con los otros era que yo seguía vivo, pero en mi interior, ya estaba más que muerto, y si me descuidaba, no tardaría en estarlo de verdad, y mal no habría estado, así no hubiese soportado todo lo que me quedaba por vivir.

     La vista se me oscurecía, los párpados estaban apunto de cerrarse, ¿podía caminar dormido? Bueno, depende, porque por un lado están los sonámbulos, que se duermen y caminan dormidos, pero dejan de hacerlo al despertar, y los “morfones”, que caminan dormidos pero están en un sueño eterno del que jamás despertarán, y no piensen en pavadas de maricones como esa de “la bella durmiente”, si le tratás de dar un beso a un muerto, este te va a comer la boca, y no en el buen sentido.

     A lo lejos, entre unos campos de cultivos abandonados, pude notar un objeto de gran tamaño, podía tratarse de una casa o una formación rocosa, simplemente me acerqué, hasta poder observarlo con claridad, era un avión estrellado, tenía algunas partes quemadas, y obviamente estaba roto. Quise entrar para ver si podía encontrar algo que me fuese útil, pero preparé los machetes en caso de encontrar muertos adentro, porque siendo honesto, nadie puede sobrevivir a un accidente aéreo, o eso creía.

     El interior estaba en muy mal estado, pues todo era un flor de despelote, muchos asientos estaban tirados por ahí, dados vuelta, las ventas estaban rotas, había sangre salpicada en algunos lugares, pero más raro es que no había ni un solo cuerpo, temí que fuese una emboscada. Escuché un ruido raro atrás de uno de los asientos, saqué los machetes, y me sorprendí con lo que salió de entre su escondite, era una persona, seguramente un sobreviviente del vuelo, o un oportunista como yo.

     Ese pibe, como de unos 20 años aproximadamente, me apuntó con una Glock 17, una pistola simple, pero mortál, no tardé en mostrarle a “las chicas”, es decir al Parang y al Gator Machete Pro; al ver cómo le temblaban las manos con las que sostenía el arma, deduje que tenía miedo, yo no, pero para no armar un lío, dejé el Parang, y con esa mano libre levanté el pulgar, a modo de decir “¿todo bien?”, él hizo lo mismo.

     Por fin se habían calmado un poco las cosas, y llegó la hora de presentarnos, – soy Fabián ¿y vos? – dijo él, me presenté, y estrechamos las manos para sellar el saludo; empezamos por decir de donde venía cada uno, – soy de Cañuelas, yo venía en este vuelo cuando todo se fue a la mierda, murieron los demás, y me deshice de los cuerpos, ahora te toca flaco  dijo él con seriedad, no me pude negar y le conté de donde venía – soy de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, volvía del colegio cuando empezó todo, vi policías y militares cagando a tiros a esas cosas, mi viejo y yo estuvimos huyendo, él murió, me robaron las provisiones y las armas, y estoy viviendo la peor mierda de todas, eso resume mucho de mi historia –, al contarla, en mi interior solo pude sentir tristeza, pasó su mano por mi espalda a modo de calmarme, aunque como varón temía que fuera por otra cosa.

     Ambos nos sentamos en los únicos asientos que quedaban intactos, cada tanto mirábamos por la ventana el paisaje, o a los “morfones” que pasaban por allá, – uy, mirá, estamos re alto, las personas parecen hormiguitas – dije en chiste, nos cagamos de risa,  no sé porqué lo hice, puede que fuera el cansancio que sentía en aquellos instantes, o el haber inhalado el humo del pucho que tenía encendido, y lo peor es que confiaba en él, que gran error, de haber sospechado, las cosas hubiesen sido diferentes.

     Sin darme cuenta me había quedado dormido, no me sorprendía, pues ya ni aguantaba el sueño ¿cómo se sentirían, si caminaran sin parar desde hace días, y la noche anterior hubieran tenido que enfrentarse a hijos de puta bien muertos, mirando a cada segundo por encima de su hombro para ver que nada los estuviera acechando? Al preguntarle la hora a Fabián, lo único que pudo decir fue - ¿me estás cargando? -, y tuvo razón al decirme eso, tan boludo fui, que no me di cuenta de algo muy importante, cuando el mundo se termina, uno no tiene ni idea de qué hora es, la única forma de medir el tiempo es con el día, es decir, lo de tarde, noche, amanecer, eso. Pero claro, el día anterior había comido un rico animal, y no era de extrañar de que quisiera ir a cagar, al entrar al baño, me encontré con algo que no esperaba.

     Abrí la puerta, y ahí que encuentro, sino dos cuerpos muertos, parecían recientes, me quedé contemplándolos, a uno le faltaba una pierna, como si se la hubiesen cortado, eso me hizo especular. En mi hombro sentí una mano apoyándose, sorprendido me di vuelta, ¿y quien más podía ser sino Fabián? Quien me miraba seriamente, con ojos de asesino, esos que con solo verlos,  uno se da cuenta de que lo van a matar, ahora todo estaba claro, estaba solo él, porque había matado a los otros.

     Me contó su historia; según dijo, él iba en ese vuelo cuando el mundo se terminó, el piloto se volvió un “morfón”, intentó matar a algunos, y al no pilotear el avión este se estrelló. Continuó diciendo que solo él y cinco personas más habían sobrevivido al accidente, no pudieron salir al verse rodeados de “morfones”, y tuvieron que quedarse ahí, un grave error, pues Fabián, llevaba desarmada una Glock 17 en su valija, porque según explicó, se dirigía a Perú a matar a un endeudado suyo que le debía 50 mangos, y nunca se los devolvió, y encima se largó a otro país para escapar. Volviendo a la historia, él simplemente los mató a todos, para así quedarse con los alimentos que quedaran, y cuando estos se terminaron, solo tuvo una opción: comerse los cuerpos  de los pasajeros asesinados.

     Lo que más me sorprendió fue lo que dijo en ese entonces – uno tiene que sobrevivir –, en parte estaba en lo cierto, en situaciones como esas las personas tiene que hacer cualquier cosa para seguir vivas, incluso si deben comerse a otros, pero eso no me importaba un pomo, sino el que los hubiese eliminado por ser un estorbo para él, ¿acaso también era yo un carga? ¿me iba a matar y a comer como hizo con los pasajeros sobrevivientes? No pude decir ni A, pues al instante sacó la pistola, y disparó, no dudé por supuesto en salir rajando por la puerta.

     Al salir, lo primero que hice fue esconderme entre unos escombros del avión, para así planear algo. A escondidas, lo vi salir, cargando el arma, y llamándome, ¿pensaba que era boludo? No nací ayer; salí silenciosamente del escondite, preparando a “las chicas” para la carnicería, era su turno para jugar.

     Estaba a solo un metro de él, y a sus espaldas además, pero en un movimiento rápido se dio vuelta, y no dejó de apuntarme, – ah, te querías hacer el vivo ¿eh? – dijo con el dedo en el gatillo, – ahora...quiero que dejes esos machetes en el piso... – me ordenó, no tenía muchas opciones, pues me iba a dar el tiro de gracia, me puse firme, y seriamente le dije – no...dale, pegame un tiro, no me importa...ya no me queda nada...solo terminá con todo esto, para ver lo hijo de re mil puta cagón que sos –, soltó una risa leve, y agregó – mira que tenés pelotas para putear al hombre armado...tus últimas palabras –, por momentos hubo silencio, no moví ni un músculo, solo los ojos, para mirar a mi alrededor, buscando algo que me pudiera salvar.

     Y la esperanza llegó en forma de cadáver andante, el cual se acercaba, sonreí, y le dije – andate a la concha de tu madre –, la bestia lo atacó por la espalda, clavando sus dientes podridos en el hombro de mi atacante,  mientras este último gritaba de dolor agonizante, disparando hacia cualquier lado, mientras yo me cubría para que no me dieran las balas, y oculto observé la escena, cómo el “morfón” se devoraba y destripaba a placer al pibe, sonará macabro, pero disfruté viendo eso.

     Salí de mi escondite, sin que el muerto lo notara, en puntas de pie, sin siquiera respirar. Cuando estaba así de cerca de irme, el guacho justo se dio vuelta, girando su cabeza lentamente, tronando su cuello, y mirándome con esos ojos blancos, profundos, sin alma alguna, mostrando esos dientes  podridos. Me detuve súbitamente, preparado para hacer mierda a ese “morfón”, pude simplemente hacerlo pelota, pero no lo hice, porque no se me vino encima, no era como los otros, ¿era verdad? ¿podía ser que, aún estando muerto, pudiera distinguir entre buenos y malos? ¿o simplemente no quería arriesgarse a morir, habiendo ya matado a alguien? Ni me dio bola, volvió su interés al cuerpo muerto de Fabián.

     Bastante intrigado, seguí caminando hacia un destino desconocido, mientras en mi cabeza no dejaba de resonar una frase, eso que dijo el asesino poco antes de morir, “uno tiene que sobrevivir”, es verdad, ¿pero hasta que punto? Lo que le sucedió, la forma en la cual perdió la poca cordura que le quedaba, el hecho de que no le importara la vida de los demás, solo la suya.

     Otra cosa que me puse a pensar fue en los “morfones”, todo lo que descubrí sobre ellos aquella vez, su forma de atacar, de emboscar en las noches, esos leves gruñidos que dan,  y que podrían ser un medio para comunicarse entre ellos, pero lo más importante, aquel que no me atacó, solo siguió comiendo, es ahí cuando uno se pregunta ¿estaremos mal al subestimarlos? ¿son ellos depredadores que hacen planes, y que además se comunican? Pero más importante aún ¿son ellos la verdadera amenaza? La respuesta a esa última pregunta, empezó con Fabián, y continuaría siendo contestada más adelante, de las peores formas posibles.

TítuloEditar

  • El título hace referencia a Fabián y lo que él tuvo que hacer para sobrevivir, que involucraba matar a los emás pasajeros para quedarse con las provisiones, y que además tuvo que comerse los cuarpos cuando la comida se terminó.
    • Coincidentemente el asesino dice una frase que es el título del mismo capítulo.
  • Otra referencia puede ser todo lo que debe hacer el protagonista para seguir vivo, y eso involucra cazar animales, defenderse de los muertos vivientes, y enfrentarse al propio ser humano que trata de matarlo.

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