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Capítulo 2: Esta Vida sin SentidoEditar

     Luego de un año, o me parece que fueron dos, sucedió un suceso que cambió mi vida, y la de todos los seres humanos, el día en el que los muertos volvieron a la vida. Estaba saliendo del colegio junto con mi mejor y único amigo Lautaro Ferraro, ya que con todo lo que me había pasado me había vuelto alguien aislado y antisocial, pero que lo compensaba todo con inteligencia, astucia, agilidad, y habilidad con las armas.

     En fin, Lautaro y yo salíamos del colegio, y escuchamos muchos gritos de personas, además de ver algunas huyendo por las calles, parecían asustadas, mi amigo y yo fuimos a ver qué pasaba, había trincheras improvisadas bloqueando las calles, y atrás de estas había unos policías disparando a unas pobres personas, preguntamos qué estaba pasando y nos dijeron que era un ataque, y nos pidieron que fuéramos a nuestras casas y cerráramos puertas y ventanas, y no dejáramos que nos mordieran, no entendimos eso último pero eso no evitó que Lautaro y yo nos largáramos a correr por nuestras vidas. Comenzamos a huir hacia un lugar seguro, mi casa, donde había armamentos de policía y provisiones, entre otras cosas, pero para eso teníamos que recorrer varias calles, ya que nuestro colegio estaba en Avenida San Martín, y yo vivía en Avenida Nazca, siempre iba a casa en colectivo, pero esta vez tenía que ir caminando.

     Nosotros fuimos derecho por la Avenida General Mosconi, pero cuando llegamos a donde esta se cruzaba con Cuenca, tuvimos que parar, había muchos policías y soldados atrincherados como los que habíamos visto antes, y al igual que esos, también le disparaban a unas pobres personas que parecían enfermas, intenté ver detenidamente para asegurarme de que mi papá no estaba ahí, y seguimos, pero esta vez cambiamos el recorrido.

     Pasamos por un espacio libre entre las trincheras, y seguimos derecho por Cuenca hasta donde se cruzaba con Griveo, pero esta vez no era porque había personas disparando, era porque se habían derrumbado unas casas y no podíamos pasar, pero lo bueno era que yendo derecho por Griveo  estaba Nazca.

     De pronto sonó mi celular, era mi papá, se escuchaba alterado, y claro ¿Quién no lo estaba?, quería saber donde estaba y si estaba bien, - si papá, estoy bien, pero algo pasa, dicen que es un ataque, y que las personas están enfermas y muerden a otras, pero quédate tranquilo, estoy con Lautaro y vamos para casa, estamos por Griveo y Cuenca, vamos a ir derecho hasta Nazca y de ahí para casa, dentro de poco llegamos -, él parecía muy preocupado, insistió en venir a buscarnos por le dije que se quedara, debido a que estábamos cerca.

     Fuimos derecho por Griveo pasando Helguera, Agustín Álvarez, hasta Argerich, porque ahí nos encontramos con dos personas enfermas que venían caminando hacia nosotros, retrocediendo lentamente, les insistíamos para que se alejara, pero haciendo gestos extraños con sus caras pálidas, y emitiendo ruidos raros, no se iban, es más, intentaban agarrarnos, encontré un revolver que estaba en el piso, y les apunté con él para que me hicieran caso, pero miedo alguno no les dio, ya que aún querían agarrarnos y quizás mordernos o hacernos quien sabe qué, dejándome llevar por un impulso, mientras en el fondo se escuchaba alguno que otro grito agonizante o de terror.

     Apreté el gatillo, y maté a uno de ellos atravesándole la frente de un disparo, mientras lo veía caer muerto al suelo, el otro no parecía importarle, e intentaba venir hacia nosotros, su destino no fue diferente al de su compañero, y en el suelo ahora había dos cuerpos sin vida, era un asesino, no sabía qué diría mi papá, de seguro estaría decepcionado, ya notaba el horror en la cara de mi amigo,  y mirándole le- perdóname, es que…nos querían atacar…no supe que hacer…no me veas como un asesino -, él me señaló atrás mío, y era horrible lo que veía, era un montón de personas, deformes y enfermas, que venían a lo lejos hacia nosotros, tiré el revólver, y con mi compañero, doblamos  a la izquierda para ir por Argerich, y perderlos.

     Luego de correr un poco e ir derecho por Argerich pasando Ladínes y José León Cabezón, paramos en Obispo San Alberto porque estábamos cansados, íbamos a llegar a mi hogar, Lautaro dijo – che, esto no nos puede estar pasando, mira como terminamos, corriendo por nuestras vidas -, le respondí – che, pibe, calmate ¿si? Todo va a salir bien -, parecía que al destino le gustaba hacer todo lo opuesto a lo que yo decía, y al mismo tiempo hacerme sufrir, porque de la nada, una de esas personas enfermas y deformes apareció, y mordió a Lautaro en el hombro izquierdo, quise evitarlo, pero otro apareció desde atrás y le mordió el brazo derecho, mi compañero cayó al suelo, y esos dos enfermos le abrían el estómago dejando sus tripas al aire, pero lo más asqueroso era que se lo comían mientras mi mejor amigo gritaba de dolor agonizante, contemplé la terrible escena con lágrimas brotándome de los ojos, y sin poder hacer nada, abandoné a mi mejor amigo.

     Había perdido a mi compañero de toda la vida, eso me puso triste, pero no me evitó continuar para reunirme con mi papá, seguí derecho por Obispo San Alberto, hasta llegar al cruce con Nazca, donde en la esquina estaba mi casa, y en la ventana estaba mi papá con un revólver, obviamente defendía nuestro hogar de cualquier peligro, apenas verlo fui corriendo hasta la puerta de casa, la abrí, y entré, mi papá me recibió con un fuerte abrazo, el cual correspondí, pero el momento se vio interrumpido por esos “seres” que querían entrar por la ventana donde momentos antes él estaba con el revólver, nos alejamos un poco, y mi padre les disparó en la cabeza.

     Al sacar los cuerpos a la calle, contemplamos una terrible escena, una mujer que corría por la calle, huyendo de personas enfermas, le vimos disparar contra ellos, pero no parecían morir, esos enfermos la atraparon, la arrojaron al suelo, y comenzaron a destriparla, mucha lástima sentía por ella, pues lo mismo le había pasado momentos antes a mi mejor amigo, cerramos la ventana, y mucha atención no le prestamos, pues mucho no podíamos hacer por ella excepto desear que estuviera en un mejor lugar.

     Momentos más tarde, mi padre preguntó por Lautaro, bajando mí cabeza con tristeza me quedé callado, él supo al momento cual era mi respuesta, y me consoló con un abrazo, segundos después me dijo – hijo, después vamos a hablar de esto, ahora andá a la cocina, abrí la heladera, y poné en una mochila toda la comida y botellas de agua que puedas, yo voy por cosas elementales, nos vamos de acá -, obedecí sus órdenes, y lo primero que hice fue ir por dos mochilas viejas que tenía, después fui hasta la heladera, agarré algo de comida, la puse en unos tupper, los guardé en las mochilas, dejando espacio por supuesto, porque teníamos que llevar agua claro estaba.

     Puse adentro de las mochilas un par de botellas grandes, y entonces volví con mi papá quien llevaba una bolsa grande que adentro tenía balas, revólveres, una escopeta que pertenecía a su viejo, y un par de armas que había confiscado días antes a unos pibes, antes de salir fui por una foto familiar en la cual estábamos yo, mi papá, mi mamá, y mi hermanita recién nacida, la tomaron el día que ella llegó al mundo, era algo muy importante para mí.

     Abrí la puerta de entrada de casa, lo primero que se veía eran esas dos supuestas personas que se comían a la mujer que minutos antes huía de ellos, dejaron de ingerir las tripas de la chica, y posaron su mirada en mí y en mi papá, se levantaron y comenzaron a ir hacia nosotros, agarré un revólver de una de la bolsa de armas, y a ambos los maté de un tiro en la cabeza, como había hecho hacía rato con aquellos dos que nos intentaron atacar a Lautaro y a mí, pero a mi padre no le parecía importar, subimos al auto, yo me senté en el asiento de adelante, puse las mochilas y la bolsa de armas en el asiento de atrás, y mi viejo se puso en el asiento del conductor, e intentó arrancar el auto, como a veces sucedía este no arrancaba, y luego de varios intentos fallidos, lo logramos, y largamos de ahí.     Una epidemia comenzaba, las personas se atacaban entre ellas, y se comían una a otras como si fueran caníbales, lo peor, es que no eran humanos, eran muertos, seres que había muerto y ahora habían vuelto a la vida, era una pesadilla hecha realidad, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires estaba sucumbiendo antes los que en ese momento decidí llamar “morfones” porque te morfaban, pero no todos terminaban siendo comidos, algunos solo eran mordidos y se convertían en esos monstruos indestructibles.

     Mientras los sobrevivientes huían del lugar, ese era nuestro caso, mi padre y yo íbamos en auto, salimos de casa, yendo derecho por Nazca, doblamos a la derecha en Ezeiza, hasta llegar a la General Paz, al parecer a muchos se les ocurrió la misma idea, esto lo digo debido a que había gran cantidad de conductores por ese camino, cada uno debía tener un punto de llegada diferente, pero lo que teníamos en común, era que todos huíamos de la plaga de caníbales que había invadida nuestra ciudad de origen.

     Mi viejo y yo íbamos en auto por el General Paz, cada tanto viendo cómo otros vehículos que iban junto a nosotros nos pasaban, dentro de ellos había hombres, mujeres, niños, mascotas, todos, escapando de la pesadilla que asolaba al mundo en ese entonces, incluyéndome a mí y a mi padre.     Estaba alterado, había sido un día muy loco, había visto gente morir frente a mis ojos, bueno, toda mi vida fue así, pero esta situación era diferente, y lo peor, sucedió minutos más tarde, cuando cientos de metros más adelante dos autos habían chocado ¿era algo malo? Solo un tarado lo preguntaría, claro que era algo malo, ya que al principio solo había chocado dos autos, pero eso solo era el comienzo, luego al choque se unieron unos cuantos más, y después muchos más,  creando una barrera de desastres que nos bloqueaba el paso, y las palabras de mi viejo fueron claras en aquel entonces - ¡saltá ahora! - gritó él, y ambos salimos del vehículo todavía en movimiento pocos segundos antes de chocar, salvando nuestras vidas, pero no estábamos seguros aún, ya que todavía debíamos esquivar a los demás conductores cuan peatones ciegos cruzando una calle con el semáforo en verde.

     Esos momentos me traían malos recuerdos, de chiquito casi había muerto atropellado por un auto al cruzar mal una calle, y mi mamá había sufrido las consecuencias al salvarme, el destino que me correspondía a mi le había tocado a ella, y quizás ahora debía cobrarlo, era mi hora, ¿o tal vez no? No, no lo era, me dispuse a esquivar a todos los conductores, mientras observaba cómo estos se volvía parte del montón de vehículo dañados por los choques, trozos de vidrio y metal saltaban por los aires, y la gente moría en el accidente, sentí pena por ellos, lo bueno es que ahora no tendrían que sufrir las calamidades del fin del mundo que me tocarían vivir mas adelante.

     Estaba escondido entre los escombros del quizás mas grande accidente automovilístico de todos los tiempos, no quería ni pensar en las víctimas, que en aquellos momentos agonizaban de dolor, pero entre los gritos escuché los de mi papá llamándome, muy aliviado quedé, pues así sabía que él estaba vivo, salí de entre los restos, y ahí lo vi parado y gritando mi nombre, fui hasta él y lo sorprendí con un fuerte abrazo, y no opuso resistencia alguna, ya que debía estar muy feliz de verme vivo.

     Podíamos ver a todas esas personas muertas por el choque, sus cuerpos mutilados, sus miembros y sangre esparcidos por el lugar, y algunos lugares con fuego el cual se avivaba con el viento que soplaba del este, y hacía que cenizas volaran por los aires hacia destino desconocido acompañando a las aves en su vuelo por los cielos, ¿muy poético no? No, ni que fuera William Shakespeare, y además esos no eran momentos para hacer poesías, sino para sobrevivir.

     Luego del accidente de auto, tuvimos que seguir a pie, no sin antes ir a nuestro auto destruido por las mochilas con provisiones y la bolsa con las armas, y necesitábamos todo eso; muy decididos, subimos por los escombros, evitando el fuego, y llegamos a nuestro auto, o lo que quedó de él debería decir.

     En fin, tuvimos que romper el techo para entrar, hicimos un agujero grande, mi papá entró, me fue pasando las mochilas, y mientras él lo hacía, yo las iba poniendo en un costado, y finalmente me dio la bolsa de armas, esa pesaba un poco más, pero al final lo logré, ayudé a mi viejo a salir del auto, me puse una mochila en cada hombro, mi padre llevaba en un hombro la bolsa de armas, y en el otro la mochila que quedaba, era muy difícil llevar todo caminando, por lo tanto lo más lógico era ir al costado de la Avenida y esperar a que pasara un auto y pedirle al conductor que nos llevara, todavía se veían casa y edificios, ya que esos no se limitaban a la Ciudad Autónoma de Buenos aires, y Gran Buenos Aires era un conjunto de varias ciudades al norte de la provincia de Buenos Aires.

     Fue ahí cuando vimos que a lo lejos un auto se acercaba, comenzamos a agitar los brazos y hacerle señas para que se detuviera, y así lo hizo, la persona que manejaba el auto era una mujer de unos 40 años aproximadamente, con un poco de sangre en la frente, mi viejo fue al asiento de adelante, y yo al de atrás, poniendo las mochilas y la bolsa con armas a un costado del asiento.

     Le agradecimos un montón por haberse detenido, hubo momentos de silencio, y mi papá se atrevió a decirle que estaba sangrando en la frente, y ella nos comenzó a contar – no, quédense tranquilos, que no me mordieron esos hijos de puta enfermos, me sale sangre porque me cuando salía de mi casa me pegué contra el cordón de la vereda  mientras escapaba de esas...cosas, agarré mi auto y salí volando de allá, pude pasar esa barrera de autos chocados, tremendo el accidente ¿y ustedes? Deben tener una historia para contar seguro -, le contamos nuestra experiencia, mientras recorríamos la General Paz, doblando para ir por la Avenida 85 Libertador General San Martín, yendo derecho y luego doblando en la 42 Perdriel, fuimos derecho por esa y después doblamos por la Avenida 101 Dr. Ricardo Balvín, un largo viaje por esa, y a medio camino el auto dejó de andar, se le había terminado la nafta, parecía mentira, lo peor fue lo que dimos por el espejo retrovisor, una enorme horda de “morfones” que venía hacia nosotros, no sabíamos qué hacer.

     El peligro nos venía pisando los talones, la mujer parecía dormida, tratamos de moverla un poco para que despertara, y minutos después parecía moverse, y al abrir los ojos dio gruñidos leves como esos muertos, e intentó atacarnos, salimos del auto, y nos subimos a otro que estaba abandonado por ahí, pusimos todo adentro, y logramos escapar antes de que la horda llegara.

     El viaje continuaba, habíamos evadido al peligro en varios momentos, no sabíamos a donde ir, solo queríamos irnos de la ciudad, - che viejo ¿a donde vamos? - le dije  con la duda que me invadía, él no contestó, solo se quedó callado por varios momentos mordiéndose el labio inferior de los nervios, hasta que me respondió – no tengo ni idea...solo vamos a salir del aglomerado, y después no sé, solo hay que irnos de las grandes ciudades, ahí es donde abundan esas...cosas -, lo único que pude hacer fue permanecer en silencio, y observar por la ventanilla el paisaje, personas huyendo, “bajoneros”  persiguiendo a los humanos, edificios y áreas incendiadas, ese era el nuevo mundo, y el nuevo orden.

     Luego de varios kilómetros, cambiamos de recorrido al ir por Bernabé Márquez, que después de un cruce se llamaba Vicente Camargo, y más tarde Camino de Cintura, mas adelante tuvimos que cambiar e ir por Bartolomé Mitre y Bernardo de Irigoyen, hacer un trámite por Hipólito de Irigoyen para hacer conexión con Avenida Eva Perón e ir derecho por esa.

     Si ya sé que debe ser aburrido que les cuente todo esto, pero bueno, se la aguantan, porque al menos así saben como saben un poco y no se vuelven ignorantes; en fin, en el recorrido me dio hambre, agarré un alfajor de una de las mochilas y lo comí, mi viejo me pidió uno ya que también quería morfar algo para que la hambruna no nos venciera, después de varias millas la ruta se pasó a llamar Comodoro Juan José Pierrestegui, y más adelante Tomás de Rocamora, ay, Tomás, ese nombre, como odiaba ese nombre, ¿saben porqué? Pues presten más atención, les he dicho antes porqué, es debido a que Tomás era el nombre del convicto que violó y mató a mi hermana menor, me decía “por favor, esperemos que ese hijo de re mil puta haya sido devorado y de la peor forma, para que sepa cuanto dolor ha causado a esta familia”.

     Lo mejor era no sacar conclusiones sin fundamento alguno ¿quien sabía si estaba vivo o muerto? Nadie, eso sí, con toda mi alma deseaba que estuviera sufriendo un montón; Una vez más la avenida cambió de nombre luego de otro cruce, y se llamaba Roberto Billinghurst, cada vez se veían menos edificios, se estaba haciendo de noche, y nos estaba dando sueño, tuvimos que parar para dormir, sacamos una balas y un par de revólveres en caso de que a algún “morfón” se le ocurriera visitarnos a la noche.

     Era muy difícil dormir en un auto, pero logramos acomodarnos lo mejor que pudimos, aunque lo más complicado era dormir con todo lo que nos había pasado hoy, no podía ni cerrar los ojos sin ver el cuerpo de Lautaro siendo destrozado por esos hijos de puta caníbales, lo había abandonado, me había pedido ayuda, y como un cobarde lo había dejado ahí para que se lo comieran ¿que clase de amigo hace eso? Bueno, tampoco pude hace mucho por él, pero la culpa me seguía invadiendo, y en mi cabeza no dejaba de pensar que lo pude haber ayudado, eso hice hasta quedarme dormido.

     Aquella noche me fue complicado dormir, no solo por los recuerdos dolorosos, sino porque mi padre roncaba como ese de la saga de Star Wars que no me acuerdo cómo se llamaba, ese que tenía pelo por todo el cuerpo, bah ¿que importaba? Si ya no iba a disfrutar más esas películas, y menos con los ojos vidriosos, viéndome en el espejo retrovisor me los limpié, y también me peiné un poco, que con el pelo levantado parecía el pájaro loco, me pegué un susto bárbaro cuando un “bajonero” apareció al instante apoyando sus manos y rostro en el parabrisas y apoyándose en el capó del auto, me gruñía, y ensuciaba el vidrio con saliva sangre, era asqueroso, desperté a mi papá, a él también le dio impresión el solo verlo, agarró el revólver y le disparó justo entre los ojos, el cuerpo sin vida dejó de moverse y solo quedó apoyado sobre la parte frontal del coche.

     Arrancamos, y largamos de ahí, siguiendo derecho por San Matías, luego por General Rivas y Juan Bautista Lasalle, doblamos por José María Moreno y por Senguel, ay Dios como hinchaban con los nombres de las rutas. Fuimos derecho por aquella, y doblamos en Provincias Unidas y Juan Manuel de Rosas.

     De seguro alguno se está diciendo que habíamos recorrido muchos kilómetros y que no se nos terminaba la nafta o la batería o el gas, que es imposible ir en auto y hacer tanto trámite sin que se terminen, y tienen razón, a medio camino, cuando ya habíamos dejado atrás la civilización y solo estaban los espacios abiertos, el auto se detuvo.

     No lo podíamos creer enserio, estábamos re jodidos, pero quejarnos no iba a hacer que el coche volviera a funcionar, ambos salimos, contemplé un poco el paisaje, mientras mi padre abría el capó, con solo levantar salió más humo que en un incendio forestal, - ¿qué vamos a hacer? - pregunté, me miró por un momento, y me respondió – la verdad hijo, que no sé, fijate si por ahí en alguna parte del auto hay herramientas o algo para arreglarlo -, sin más que decir seguí sus órdenes y busqué en el baúl a ver si había algo que nos ayudara.

     La búsqueda se vio interrumpida por un grito de horror y agonía, mi fijé, y gran desgracia  fue la mía al ver que se trataba de mi viejo, había sido mordido en el hombro derecho por un “morfón”, y estaba huyendo de este también, me gritaba que le disparara, no dudé ni un segundo en ir hacia la bolsa con armas, agarré el revolver, y disparé, fue complicado porque el objetivo se movía, fallé en los dos primeros intentos, dicen que la tercera es la vencida, y así fue, de un solo disparo en el costado de la cabeza, maté a ese enfermo de mierda.

     Fui con mi papá para ver que estuviera bien, noté la mordida, ya sabía lo que le pasaba a los que eran mordidos, se convertían en esas cosas terribles, solo había una forma de evitarlo, con un disparo en el cerebro, eso lo mataría pero al menos no lo convertiría, ambos estábamos en desacuerdo, pero tuvimos que hacerlo, por el bien de todos, entre lágrimas le apunté en la frente listo para matarlo, pero muy triste, y antes de que lo hiciera me dijo – hijo...quiero que sepas...que estoy muy orgulloso de vos...y que te quiero mucho...cuidate –, no pude mirar, solo apreté el gatillo, y el sonido del disparo rompió el silencio, cuando lo abrí, pude ver en el suelo el cuerpo sin vida de mi padre, me agaché y aunque no me escuchara le dije  - papá...también te quiero –, y como tenía los ojos abiertos, con el pulgar y dedo índice se los cerré, para que descansara en paz.

     En un segundo, mi único vínculo, lo último que me quedaba para amar...se había ido, el único vínculo con mi familia y mi pasado se había roto para siempre, mi vida perdió sentido alguno, lo único que me quedaba hacer ahora, era intentar sobrevivir, pero en aquellos momentos quería morir y dejar de sufrir, en vez de vivir sufriendo eternamente, solo entré al coche, ese sería mi refugio temporal hasta que se me terminara la comida y el agua, en aquellos momentos tenía hambre y sed, pero de venganza, los “destripadores me habían sacado todo lo que me quedaba y le daba sentido a mi vida, desde ese momento, ya no era el mismo, comencé a tener un profundo rencor e ira hacia esas cosas, solo quería matarlas y hacerlas sentir el dolor que me hicieron sentir.

TítuloEditar

  • El titulo hace referencia a esa epidemia que volvía zombis a las personas, lo cual para Nahuel y los demás no tenía sentido alguno en ese entonces.
  • También hace referenciaa las pérdidas que sufre el protagonista, y como aclara al final que su vida perdió sentido alguno.

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